Natalia del Río Montero, escritora y autora de "La belleza de caer".
Natalia del Río Montero, escritora y autora de "La belleza de caer".

Escribo desde que tengo memoria, desde muy pequeña. No por amor al arte, al menos no al principio, sino por una necesidad que nacía de lo más profundo de mí.

Una urgencia silenciosa de poner en palabras todo eso que no sabía cómo explicar, todo lo que me desbordaba por dentro.

Porque hay personas —y yo soy una de ellas— a las que nos cuesta descifrar el torbellino de emociones que nos habita.

Sentimientos que no encajan del todo en una sola palabra, ni en un solo gesto, ni en una conversación breve.

Escribir, entonces, se convirtió en mi refugio. Fue, y sigue siendo, la forma más honesta que tengo de calmar ese ruido interno, de darle orden al caos, de entenderme y, sobre todo, de sostenerme.

Desde siempre quise compartirlo. No por una necesidad de mostrar, sino por ese deseo profundo de conexión. De sentirme cerca de otras personas que también vivieran con el corazón a flor de piel, que también se sintieran extrañas en un mundo que muchas veces no sabe sostener lo que duele.

Compartir para encontrarnos en lo invisible, en lo que no se dice fácilmente, en lo que se siente pero no siempre se nombra. Para ser menos soledad y más refugio. Para demostrar, sin grandes gestos, que a veces un texto puede abrazar más que una palabra dicha al pasar.

Así nació a medio centímetro.

No como una marca que enseña ni como un espacio que pretende tener respuestas. No es un manual, ni una solución mágica. No quiere imponer caminos ni decir cómo sanar. Solo quiere estar. Ser presencia. Acompañar en silencio, como una mano tendida cuando todo tiembla.

Ser ese susurro suave que no interrumpe, pero tampoco se aleja.

A medio centímetro no busca la perfección. No levanta la voz para destacar ni quiere hacerse notar a la fuerza. Prefiere quedarse en los márgenes, en lo discreto, en lo verdadero. No pretende disfrazar el dolor ni maquillarlo para que duela menos. No lo adorna ni lo convierte en espectáculo.

Porque ser vulnerable no es sinónimo de debilidad.

Al contrario: es un acto de fortaleza silenciosa. Una forma de resistir sin coraza. De mostrarse sin filtros. De ser, simplemente, con todo lo que eso implica.

Y si algo quiere a medio centímetro, es eso:

ser un espacio donde podamos ser,

sin miedo.

a medio centímetro|

Escribo desde que tengo memoria, desde muy pequeña. No por amor al arte, al menos no al principio, sino por una necesidad que nacía de lo más profundo de mí.

Una urgencia silenciosa de poner en palabras todo eso que no sabía cómo explicar, todo lo que me desbordaba por dentro.

Porque hay personas —y yo soy una de ellas— a las que nos cuesta descifrar el torbellino de emociones que nos habita.

Sentimientos que no encajan del todo en una sola palabra, ni en un solo gesto, ni en una conversación breve.

Escribir, entonces, se convirtió en mi refugio. Fue, y sigue siendo, la forma más honesta que tengo de calmar ese ruido interno, de darle orden al caos, de entenderme y, sobre todo, de sostenerme.

Desde siempre quise compartirlo. No por una necesidad de mostrar, sino por ese deseo profundo de conexión. De sentirme cerca de otras personas que también vivieran con el corazón a flor de piel, que también se sintieran extrañas en un mundo que muchas veces no sabe sostener lo que duele.

a medio centímetro|

Compartir para encontrarnos en lo invisible, en lo que no se dice fácilmente, en lo que se siente pero no siempre se nombra. Para ser menos soledad y más refugio. Para demostrar, sin grandes gestos, que a veces un texto puede abrazar más que una palabra dicha al pasar.

Así nació a medio centímetro.

No como una marca que enseña ni como un espacio que pretende tener respuestas. No es un manual, ni una solución mágica. No quiere imponer caminos ni decir cómo sanar. Solo quiere estar. Ser presencia. Acompañar en silencio, como una mano tendida cuando todo tiembla.

Ser ese susurro suave que no interrumpe, pero tampoco se aleja.

A medio centímetro no busca la perfección. No levanta la voz para destacar ni quiere hacerse notar a la fuerza. Prefiere quedarse en los márgenes, en lo discreto, en lo verdadero. No pretende disfrazar el dolor ni maquillarlo para que duela menos. No lo adorna ni lo convierte en espectáculo.

Porque ser vulnerable no es sinónimo de debilidad.

Al contrario: es un acto de fortaleza silenciosa. Una forma de resistir sin coraza. De mostrarse sin filtros. De ser, simplemente, con todo lo que eso implica.

Y si algo quiere a medio centímetro, es eso:

ser un espacio donde podamos ser,

sin miedo.

Escribo desde que tengo memoria, desde muy pequeña. No por amor al arte, al menos no al principio, sino por una necesidad que nacía de lo más profundo de mí.

Una urgencia silenciosa de poner en palabras todo eso que no sabía cómo explicar, todo lo que me desbordaba por dentro.

Porque hay personas —y yo soy una de ellas— a las que nos cuesta descifrar el torbellino de emociones que nos habita.

Sentimientos que no encajan del todo en una sola palabra, ni en un solo gesto, ni en una conversación breve.

Escribir, entonces, se convirtió en mi refugio. Fue, y sigue siendo, la forma más honesta que tengo de calmar ese ruido interno, de darle orden al caos, de entenderme y, sobre todo, de sostenerme.

Desde siempre quise compartirlo. No por una necesidad de mostrar, sino por ese deseo profundo de conexión. De sentirme cerca de otras personas que también vivieran con el corazón a flor de piel, que también se sintieran extrañas en un mundo que muchas veces no sabe sostener lo que duele.

Compartir para encontrarnos en lo invisible, en lo que no se dice fácilmente, en lo que se siente pero no siempre se nombra. Para ser menos soledad y más refugio. Para demostrar, sin grandes gestos, que a veces un texto puede abrazar más que una palabra dicha al pasar.

Así nació a medio centímetro.

No como una marca que enseña ni como un espacio que pretende tener respuestas. No es un manual, ni una solución mágica. No quiere imponer caminos ni decir cómo sanar. Solo quiere estar. Ser presencia

Acompañar en silencio, como una mano tendida cuando todo tiembla.

Ser ese susurro suave que no interrumpe, pero tampoco se aleja.

A medio centímetro no busca la perfección. No levanta la voz para destacar ni quiere hacerse notar a la fuerza. Prefiere quedarse en los márgenes, en lo discreto, en lo verdadero. No pretende disfrazar el dolor ni maquillarlo para que duela menos. No lo adorna ni lo convierte en espectáculo.

Porque ser vulnerable no es sinónimo de debilidad.

Al contrario: es un acto de fortaleza silenciosa. Una forma de resistir sin coraza. De mostrarse sin filtros. De ser, simplemente, con todo lo que eso implica.

Y si algo quiere a medio centímetro, es eso:

ser un espacio donde 

podamos ser, 

sin miedo.

a medio centímetro|

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